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Meditaciones del 04-04-2017

UNA BENDICIÓN LLAMADA "MUJER"

Dijo también Dios a Abraham: A Sarai tu mujer no la llamarás Sarai, mas Sara será su nombre. Y la bendeciré, y también te daré de ella hijo; sí, la bendeciré, y vendrá a ser madre de naciones; reyes de pueblos vendrán de ella” (Génesis 17:15-16) PASAJES COMPLEMENTARIOS: Génesis 18:9-15 Génesis 21:1-7

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El papel de la mujer en la historia siempre ha sido de gran relevancia y más aún en los últimos años. Ella constituye un factor de cohesión y unidad en la célula básica de la sociedad, que es la familia; y su espíritu de perseverancia y lucha la ha hecho inspiradora de grandes cambios en la historia, como reza un anónimo célebre: “La mano que mece la cuna, es la mano que mueve al mundo”.

Pero, no es el mundo el que está reconociendo a la mujer, sino Dios. Desde la creación, Él le atribuyó la dignidad de hechura suya, a imagen y semejanza de Él. Confió plenamente en las facultades y habilidades que Él mismo le dio, cuando junto al varón la bendijo, y le ordenó crecer, fructificar, multiplicarse y administrar el mundo con excelencia.

Luego de la caída y a través de la obra salvadora de Cristo, Dios ratifica su bendición a la mujer, bendiciendo a Sara, a quien exalta como una verdadera reina madre. Confirmando esta promesa, escoge también a una humilde joven judía para darle el mayor de los privilegios que haya tenido ser humano alguno: Constituirse en la madre del Salvador.

Además, durante su ministerio, el Señor Jesús combatió permanentemente la dureza del hombre para entender el valor y la dignidad de la mujer; defendió incansablemente sus vidas, sanó a las que estaban enfermas y mostró una profunda compasión que lo llevó a comprometerse con todas ellas, llevándoles consuelo y esperanza, y proveyendo una respuesta efectiva a cada una de sus necesidades.

Este fue el caso de una humilde viuda en una pequeña aldea de Israel, afligida y solitaria, había perdido a su esposo y ahora también a su único hijo. Estaba desamparada y sola, y su futuro carecía de esperanza. Pero a la distancia, Jesús conoció su dolor, sabía perfectamente qué pena agobiaba su alma. Así que de inmediato se dirige a ella, desviándose de su camino con el único propósito de darle consuelo y esperanza. Él le llevaría la respuesta que tanto necesitaba. Los acompañantes al funeral sentían lástima por la viuda, Jesús tuvo compasión de ella.

Por eso, hizo algo más que llorar a su lado, le devolvió la esperanza. Su amor dio lugar a un milagro, el milagro de la vida. ¡Su hijo resucitó! ¡Jesús tiene poder para dar esperanza cuando todo se ha perdido. Sólo Él puede reiterarnos con su amor que somos ¡una bendición llamada mujer!