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Meditaciones del 10-05-2017

EL LLAMADO A SER LUZ

“Ahora pues, dice Jehová, el que me formó desde el vientre para ser su siervo… Poco es para mí que tú seas mi siervo para levantar las tribus de Jacob, y para que restaures el remanente de Israel; también te di por luz de las naciones, para que seas mi salvación hasta lo postrero de la tierra” (Isaías 49: 5-6) PASAJE COMPLEMENTARIO: 1 Juan 2:7-11

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Los planes que Dios tiene para cada uno de nosotros superan siempre todas nuestras expectativas. Todo sueño, anhelo o aspiración que tengamos, por muy grande que nos parezca, se quedan muy cortos frente a lo que Dios ha preparado con extremo cuidado y suficiente anticipación. Es más, podemos recordar exactamente sus palabras e impresionarnos por sus alcances: “Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas” (Efesios 2:10).

La grandeza de los planes de Dios está relacionada con el propósito de ser luz para el mundo. Esto fue lo que también el Señor Jesús manifestó a sus discípulos cuando les dijo: “Vosotros sois la luz del mundo… Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mateo 5:14-16).

Ahora bien, el llamado a ser luz implica estar dispuestos a entregar cada rincón de nuestro corazón, el señorío de todo nuestro ser al Espíritu Santo, pues sólo de esta manera su acción se ejecuta sobre todos los aspectos de nuestra vida y se evidencia en una experiencia de salud total. Comenzamos a disfrutar la vida abundante, con sentido y felicidad que Cristo ganó para nosotros en la cruz. Pero, si bien es cierto, Él se entregó para que fuésemos salvos, su objetivo va más allá: Restaurar la tierra a través de nuestra vida.

Esto quiere decir, que quienes recibimos la luz de Dios, a Jesucristo, ahora somos llamados a iluminar la vida de otros. ¿Se puede ocultar una ciudad que está en la cima de una montaña? Por las noches, su luz se ve a la distancia. De igual manera si dejamos que Cristo viva a través de nosotros, siendo llenos de su amor, manifestando su bondad hacia nuestro prójimo, siendo sensible a las necesidades de los demás, siendo ejemplo de integridad y enseñando a otros acerca de Jesús, entonces comprenderemos el verdadero propósito de nuestra existencia: Ser verdaderos luminares en el mundo. Esta luz tiene que alumbrar primero en el hogar que Dios me dio.